jueves, 13 de marzo de 2014

El dilema gazatí


Amanecer en la Franja de Gaza (Fotografía: Carmen Rengel)

Cuando saltó la noticia de que había estallado un explosivo en un autobús en Tel Aviv, se me contrajo el corazón. Pocos meses antes había realizado mi primera visita a Palestina. Por supuesto, recé primero para que nadie resultara muerto o gravemente herido, pero también para que ningún palestino fuera el responsable. ¿Por qué? Pensé por un lado en las consecuencias represivas que cualquier acto violento tiene para la población palestina en su conjunto; por el otro, en cómo daña y distorsiona la imagen de los palestinos cualquier tipo de acción armada –me refiero, por supuesto, a ojos de un occidental medio-. Todavía se me descompone el cuerpo cuando, como en estos días, vuelan cohetes desde Gaza.

Detesto la violencia, no me veo empuñando más que una pluma o una grabadora, me dan miedo las armas así como los hombres que las empuñan (creo que un ser humano capaz de colgarse un arma al hombro es menos humano), pero puedo llegar a entender que el recurso de poner a disposición del agresor la otra mejilla tiene unos límites que no sabría si definir de morales, pero sí al menos de físicos y psicológicos. Frente a la humillación permanente del tirano que ahoga y aplasta tu existencia, que descuenta tu condición humana, de poco sirve un grito. Para quien vive en regímenes tiránicos, la sumisión suele ser garantía de supervivencia, aunque sea a costa de una vida sin posibilidades, de blancos y negros, también de imposible realización personal. El problema es cuando, frente al tirano, la sumisión no garantiza más que la rebeldía.

La historia está llena de poesía para loar la violencia, pero no hay nada más prosaico y con menos rima que la sangre derramada, por muy noble que sea la causa. No hay nada de bello en la muerte, tampoco en la de tu opresor. La muerte es tan fea como un bosque desnudo y sin nieve en invierno. Invocar la muerte del enemigo es morir un poco por dentro. Es odiar, y los hijos del odio no vienen precisamente con el pan bajo el brazo. Azuzar los odios es relativamente sencillo; arrancar el apresto que dejan, casi imposible.

Vuelan los cohetes desde Gaza. El suyo es un vuelo de poco alcance, sofocado de inmediato por la abrumadora parafernalia militar israelí. Si fuéramos cínicos, podríamos llegar a sospechar que, de vez en cuando, se deja vía libre para que alguno impacte, a poder ser en un descampado. Pero no, no nos permitamos el cinismo y pensemos que toda defensa tiene sus agujeros. Vuelan los cohetes desde Gaza y la maquinaria mediática y política occidental prende la mecha con la previsible acta notarial del ataque gazatí a Israel y su consiguiente condena diplomática. Da lo mismo que, como es el caso de esta semana, la escena cuente con el prólogo de tres asesinatos de Israel en la Franja apenas horas antes, porque entonces caeríamos enredados en el tramposo dilema del huevo y la gallina, (i)lógica con ya 65 años de pedigrí en la región. Allí a un disparo le sigue otro, pero al primero le habían precedido otros que a su vez… Si en ello se dirimen las legitimidades, unos acabarán por exterminar a los otros (y viceversa).

Como aborrezco la violencia (ya vista con kufiya o de verde caqui), olvidémonos por un instante de quién dio la primera hostia a quién y concentrémonos en los hechos. Gaza es una cárcel, una puta cárcel al aire libre asediada por tierra, mar y aire. Una mierda de mosquito en términos de dimensión geográfica. Su población (dentro viven personas) malvive bajo mínimos, con apenas recursos, con apenas unas horas de electricidad, con lo justo para simplemente aguantar un día tras otro. Tal y como anunció (¿denunció?) la ONU, en apenas unos años Gaza será inhabitable. Con el paso egipcio de Rafah como puerta trasera (cerrada desde hace ya un mes), nadie entra o sale de Gaza sin el permiso de Israel; nada entra o sale de Gaza sin el permiso de Israel. Gaza depende casi por completo de la voluntad de Israel, aunque el discurso oficial sea siempre que ellos ya se fueron de allí. Lo que en este caso es tanto como decir que los carceleros en vez de pasearse por los pasillos del penal vigilan con cámaras (drones).

Hay algo que sí está en las manos de los gazatíes: pueden decidir cómo defenderse del asedio. Pueden tomar en consideración el lanzamiento de cohetes o, por el contrario, manifestarse pacíficamente (lo que en Palestina significa, literalmente, gritarle a un muro). Lanzar cohetes tiene algo de estúpido a la par que de inútil. Es muy improbable que alcancen ningún objetivo (ya sea material o humano), la reacción internacional lo va a condenar, y de inmediato Israel va a sacudirte un bombardeo ante el que no hay escudo de hierro que valga. Parece poco inteligente. Mejor la otra, ¿verdad?

¡Cómo no apoyar la vía pacífica! A los bienintencionados europeítos nos lo pondría mucho más fácil, nos evitaría los requiebros verbales para justificar lo que, por dentro, nos duele. El tiro contra el tirador (aunque sea el de un David con cohetes frente al Goliat de uno de los ejércitos más sofisticados) enreda el debate y nos desvía demasiado del quid de la cuestión. Pero ni los monjes del Tíbet hicieron frente sólo con sus corazones. 

¿Qué lección pueden extraer los gazatíes –y por extensión los palestinos- una vez se han intentado todas las vías? Los asesinatos de Israel en Gaza y Cisjordania –pura cotidianidad- simplemente no trascienden. Al joven que lanza unas piedras, le corresponde un tiro mortal. Al labrador que tiene unas tierras junto al muro, le corresponde pagar con su vida. Su muerte es una nota a pie de página (si es que ese día la página tiene pie). El asesinato de un joven palestino al que Israel acusa de arrojar piedras, no existe. Niños, adolescentes y jóvenes son muertos cotidianos de la ocupación de Cisjordania y del asedio de Gaza, pero no son noticia. Sin embargo, el lanzamiento desde Gaza de unos cohetes despierta a las redacciones, obtiene la inmediata condena internacional que formula automáticamente la más cansina de las muletillas: “Israel tiene derecho a defenderse”. Genial. Nadie se lo niega pero, ¿también lo tiene a la eterna violación de la legalidad internacional? Su violación, por si aún les quedaba alguna duda, mata.

Se hace causa diplomática de los derechos de Israel pero, ¿cuál es el derecho de los palestinos? ¿Tienen derecho a defenderse? ¿Deben asumir las humillaciones cotidianas? ¿Qué pueden hacer ante la negación de sus más básicos derechos humanos? ¿Qué deben pensar cuando ven que sólo se informa de sus disparos, pero no de sus muertos? ¿Cómo actuar ante el hecho irrefutable de que, ya sea con una rama de olivo en la mano o con un cohete en la lanzadera, siempre pierden? ¿Y usted? ¿Qué haría usted en su posición? ¿Qué haría si la única opción legal que le ofrecen es no tener opciones?

Carlos Pérez Cruz

2 comentarios:

  1. La haya o no, no tenemos más remedio que fomentarla mediante la denuncia y el trabajo.

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