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Colonias israelíes en Cisjordania, durante una reciente visita organizada por Machsom Watch |
Era prácticamente el final de la visita, una aproximación de horas a algunos puntos de la ocupación israelí de Palestina, y su pregunta vino a ser una precisa y concisa traducción de aquello que se nos había explicado durante la jornada. Cuando la formuló, no entendí nada. O lo entendí todo. Lo poco que queda de la izquierda israelí, de los movimientos que dicen oponerse a la ocupación, no vive precisamente su momento más luminoso. Sometidos a la caza de brujas del gobierno de Netanyahu, estos "traidores" a Israel, críticos y opuestos a la ocupación, parecen jugar en realidad un quintacolumnismo legitimador de la misma. O si no tanto, sí un rol que favorece el statu quo, la política de hechos consumados que, desde hace décadas, supone la conquista a diario de otro palmo de tierra palestina para el sueño sionista del Gran Israel. Un papel que, en cierto modo, también juegan, a pesar del fin que las mueve, las voluntariosas (y subvencionadas) oenegés de apoyo al pueblo palestino.
Conviene valorar en su
justa medida el mérito y la valentía de organizaciones como
'Breaking the Silence' y 'B'Tselem', cuya recopilación de testimonios y descripción de atrocidades del ejército israelí en
terreno palestino resultan de un valor incalculable, material para la
denuncia y, sobre todo, visto el resultado práctico de sus acciones,
para el archivo de la futura revisión por parte de los historiadores
de una época negra para los derechos humanos en esta región del
mundo. Sometidos a la amenaza gubernamental, al desprecio de una
parte mayoritaria de la sociedad israelí, viven en un territorio
éticamente hostil. Fe de ello da la reciente encuesta que mostraba
que un 57% de los israelíes rechaza el arresto de Elor Azaryah,
miembro del cuerpo médico del ejército israelí que, irónicamente,
hace unos días aplicó eutanasia, disparó y ejecutó a sangre fría,
de un tiro en la cabeza, a un palestino que yacía malherido en el
suelo en Hebrón, después de que éste supuestamente hubiera
intentado atacar a un soldado con un cuchillo. Un 42% consideró la
ejecución una conducta "responsable". El explícito video
del asesinato lo distribuyó 'B'tselem' a partir de la grabación que
les facilitó un palestino de Hebrón, cuya vida ha sido amenazada
por los agresivos colonos judíos que ocupan el corazón de esta
ciudad palestina.
Tanto periodistas como
activistas tendemos a acudir al testimonio de los miembros de estas
organizaciones, cuyos nombres se repiten una y otra vez en crónicas
y entrevistas. Son cuatro gatos y, lamentablemente, no representan ni
de lejos a la mayoría social de Israel. Son marginales, pero su
opinión prevalece. Hay una tendencia a confiar a este israelí del
"campo de la paz" (¿?) el testimonio sobre la vida de los
palestinos. Si alguien conoce de verdad la vida de un palestino es,
claro, un palestino. Parece excitarnos más el judío israelí
"converso" que el palestino puteado. Y con esa luz sobre
los "conversos", iluminamos tanto nuestra ansiedad por un
cambio de rumbo de Israel como proporcionamos un retrato democrático
del país alejado de la unanimidad casi norcoreana sobre la que se
asienta la consolidación de una ocupación ilegal, racista y
violenta.
Otra de esas organizaciones que admiramos es 'Machsom Watch', colectivo de mujeres israelíes que, groso modo, dedica parte de su tiempo a vigilar el comportamiento de los soldados israelíes en algunos de los cientos de checkpoints con los que Israel eterniza o impide la circulación de los palestinos dentro de su propio territorio. En un reciente tour para periodistas y diplomáticos, Daniela, miembro de esta organización no jerárquica, señaló que "nos preocupamos por los soldados tanto como lo hacemos por los palestinos. Son nuestros hijos y nietos". Una declaración de intenciones que choca con su posterior observación de que la mayoría de israelíes desconoce lo que esos hijos y nietos hacen en su nombre, de que los pocos israelíes que les acompañan en sus tours se asombran. Resulta difícil de creer en un país de tan sólo ocho millones de habitantes de los que, aparte del 20% de palestinos del 48 (aquellos que residen dentro de las fronteras del Estado de Israel) y de los ultraortodoxos, que empiezan paulatinamente a acceder al ejército, todos los judíos, hombres y mujeres, realizan el servicio militar. Además, claro, de que existe internet. Como señaló en una entrevista el periodista Enric González, "los israelíes no quieren saber, y no querer saber propicia cosas horribles". La sola mención a la posibilidad de acogerse a una insumisión militar inquietó a Daniela: "¡Irían a la cárcel!". Van, de hecho van, se llaman refusenik. Pero también Rosa Parks se sentó un día en un autobús y cambió el rumbo de los acontecimientos. Los cambios no llegan echando suavizante a la humillación, sino atacándola de raíz.
La visita a Cisjordania organizada por las 'Machsom Watch' incluyó tres encuentros personales, el paso por un checkpoint, la visita a una aldea palestina afectada por una colonia próxima y la experiencia de visitar un paso militar para agricultores palestinos (éste se abría tres veces al día, una vez por semana; los hay incluso de una vez al año...) cuyas tierras ha dejado el muro en el lado usurpado por Israel. Muro que, declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia en 2004, está construido en un 80% en terreno cisjordano, obviando la Línea Verde que, desde el final de la Guerra de los Seis Días de 1967, establece las fronteras de Israel reconocidas por la comunidad internacional. Un muro que se construye con fines teóricamente de seguridad a partir de los atentados suicidas de la Segunda Intifada y que, en realidad, es una serpiente de cemento que va encerrando a los palestinos en pequeños enclaves cada día más desconectados entre sí, amén de que va sumando terrenos a las colonias judías. Que, como señaló Daniela, todavía quede casi un 40% de muro por construir no parece argumento para los convencidos de que el muro evita atentados palestinos en Israel. Por lo visto, los terroristas ignoran que exista ese hueco abierto todavía hoy o son demasiado vagos para desplazarse hasta él.
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Palestinos esperan su turno en el checkpoint de Qalandia, el domingo 3 de abril de 2016 |
Otra de esas organizaciones que admiramos es 'Machsom Watch', colectivo de mujeres israelíes que, groso modo, dedica parte de su tiempo a vigilar el comportamiento de los soldados israelíes en algunos de los cientos de checkpoints con los que Israel eterniza o impide la circulación de los palestinos dentro de su propio territorio. En un reciente tour para periodistas y diplomáticos, Daniela, miembro de esta organización no jerárquica, señaló que "nos preocupamos por los soldados tanto como lo hacemos por los palestinos. Son nuestros hijos y nietos". Una declaración de intenciones que choca con su posterior observación de que la mayoría de israelíes desconoce lo que esos hijos y nietos hacen en su nombre, de que los pocos israelíes que les acompañan en sus tours se asombran. Resulta difícil de creer en un país de tan sólo ocho millones de habitantes de los que, aparte del 20% de palestinos del 48 (aquellos que residen dentro de las fronteras del Estado de Israel) y de los ultraortodoxos, que empiezan paulatinamente a acceder al ejército, todos los judíos, hombres y mujeres, realizan el servicio militar. Además, claro, de que existe internet. Como señaló en una entrevista el periodista Enric González, "los israelíes no quieren saber, y no querer saber propicia cosas horribles". La sola mención a la posibilidad de acogerse a una insumisión militar inquietó a Daniela: "¡Irían a la cárcel!". Van, de hecho van, se llaman refusenik. Pero también Rosa Parks se sentó un día en un autobús y cambió el rumbo de los acontecimientos. Los cambios no llegan echando suavizante a la humillación, sino atacándola de raíz.
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Palestinos esperan el permiso de militares israelíes para acceder a sus terrenos agrícolas, el pasado 29 de marzo de 2016 |
La visita a Cisjordania organizada por las 'Machsom Watch' incluyó tres encuentros personales, el paso por un checkpoint, la visita a una aldea palestina afectada por una colonia próxima y la experiencia de visitar un paso militar para agricultores palestinos (éste se abría tres veces al día, una vez por semana; los hay incluso de una vez al año...) cuyas tierras ha dejado el muro en el lado usurpado por Israel. Muro que, declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia en 2004, está construido en un 80% en terreno cisjordano, obviando la Línea Verde que, desde el final de la Guerra de los Seis Días de 1967, establece las fronteras de Israel reconocidas por la comunidad internacional. Un muro que se construye con fines teóricamente de seguridad a partir de los atentados suicidas de la Segunda Intifada y que, en realidad, es una serpiente de cemento que va encerrando a los palestinos en pequeños enclaves cada día más desconectados entre sí, amén de que va sumando terrenos a las colonias judías. Que, como señaló Daniela, todavía quede casi un 40% de muro por construir no parece argumento para los convencidos de que el muro evita atentados palestinos en Israel. Por lo visto, los terroristas ignoran que exista ese hueco abierto todavía hoy o son demasiado vagos para desplazarse hasta él.
Travelling wall (o de cómo vivir con un muro que expropia tierras y aisla a los palestinos). #Palestina pic.twitter.com/VPYWYqK5s0— Carlos Pérez Cruz (@clubdejazzradio) 3 de abril de 2016
El tour, de apenas unas
horas, resultó tan confuso en sus explicaciones que la propia
intención fundacional de 'Machsom Watch' de solicitar el final de la
ocupación quedaba en entredicho por la asunción de la existencia de
colonias "legales"..., de acuerdo, según Daniela, con la
legislación israelí. "Sólo los outposts son
ilegales", dijo en referencia a los asentamientos embrionarios
dentro de Cisjordania, aquellos que comienzan con el aparcamiento de
una caravana y, ¡curioso concepto de ilegalidad!, con el suministro
de agua, luz y defensa a los colonos por parte de las tropas
israelíes en suelo cisjordano. Así Daniela hablaba de "lado
israelí" en nuestra visita a un segundo paso de agricultores,
éste entre el pueblo palestino de Masha y la colonia de Etz Efravim.
Si es israelí, ¿cómo es posible que las tierras de los
agricultores palestinos estén allí?
Con tanta confusión terminológica y conceptual no es difícil de entender la pregunta que hizo uno de esas escasos ciudadanos israelíes que se suman a los tours de 'Machson Watch', en este caso una mujer joven en avanzado estado de embarazo que, después de escuchar el testimonio de un beduino residente en una paupérrima aldea próxima al asentamiento de Alfei Menashe, acertó a preguntarle: "¿Cuál es el grado de solidaridad entre la gente de la colonia y el pueblo beduino?". Se refería a la solidaridad mutua entre ambas comunidades ante el derribo de viviendas por parte del ejército, del que palestinos y beduinos son expertos sufridores y los colonos tan ajenos como esta mujer a la realidad. El muro que "defiende" Alfei Menashe, perfectamente visible desde el terreno de nuestro anfitrión beduino, no parecía decirle nada. Fue el colofón a una visita llena de buenas intenciones y preludiada por una sorprendente advertencia de Daniela: de política no se habla. Tan buenas son sus intenciones que convierten la ocupación de Palestina en un problema de modales y trato al ocupado. Se habla de los síntomas de la enfermedad, no de los porqués del enfermo. Se aplican paliativos mientras se ignora el origen de la infección. No querer saber propicia cosas horribles, decía Enric González. Tantas como pretender saber pero no querer entender.
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Colonia israelí en el interior de Cisjordania. La flecha señala las casetas provisionales con las que se amplía el asentamiento. |
Con tanta confusión terminológica y conceptual no es difícil de entender la pregunta que hizo uno de esas escasos ciudadanos israelíes que se suman a los tours de 'Machson Watch', en este caso una mujer joven en avanzado estado de embarazo que, después de escuchar el testimonio de un beduino residente en una paupérrima aldea próxima al asentamiento de Alfei Menashe, acertó a preguntarle: "¿Cuál es el grado de solidaridad entre la gente de la colonia y el pueblo beduino?". Se refería a la solidaridad mutua entre ambas comunidades ante el derribo de viviendas por parte del ejército, del que palestinos y beduinos son expertos sufridores y los colonos tan ajenos como esta mujer a la realidad. El muro que "defiende" Alfei Menashe, perfectamente visible desde el terreno de nuestro anfitrión beduino, no parecía decirle nada. Fue el colofón a una visita llena de buenas intenciones y preludiada por una sorprendente advertencia de Daniela: de política no se habla. Tan buenas son sus intenciones que convierten la ocupación de Palestina en un problema de modales y trato al ocupado. Se habla de los síntomas de la enfermedad, no de los porqués del enfermo. Se aplican paliativos mientras se ignora el origen de la infección. No querer saber propicia cosas horribles, decía Enric González. Tantas como pretender saber pero no querer entender.
Carlos Pérez Cruz